Sherlock y Penélope

Publicado en 5 Noviembre 2017

Dos pares de ojos negros y marrones como dos piedras de ámbar y ónix brillantes mirándome fijamente no dejaban lugar a dudas: aquella mañana tampoco podría adelantar trabajo atrasado.

 

  • ¿Dónde te dejo la ropa limpia y planchada? (primero).
  • ¿Has pasado el aspirador ya a la habitación? (después).

 

Eran las dos frases con las que había visto mi tarea interrumpida por dos veces y que habían presagiado lo peor desde primera hora de la mañana.

Finalmente un:

 

  • Nos marchamos. Te he dejado la comida de Sherlock y Penélope cortada y preparada… sólo has de añadirle el pienso y dársela a la hora indicada. ¡Hasta lueguitooo!

 

Confirmaba mi fracaso estrepitoso y ahí estaban los dos pares de ojos brillantes, amenazadores casi, pidiendo justicia eterna ante el juicio de Salomón.

 

Sobre mi escritorio dos relatos de Cortázar que tenía que revisar concienzudamente

 –pues así es Julio: denso y de lectura profunda.-

Me esperaban desde hace dos días y no había podido sumergirme en ellos más que en dos ocasiones interrumpido por las dulces palabras maternas.

¡Es imposible concentrarse en esta casa!

Había dejado resueltos los quehaceres mañaneros habituales muy rápido. Había desayunado presto mis dos tostadas con mermelada; limpiado a conciencia mi cuarto; pasado el polvo con la bayeta y pasado el aspirador a velocidad del trueno y por delante me esperaba una dulce y soleada mañana de Domingo para trabajar en mis obligaciones como aprendiz de escritor frustrado.

 

El calentador ya había templado la estancia; el ambientador que había echado después de ventilar por más de una hora el cuarto (tras la limpieza mañanera) había dejado un olor a lavanda refrescante en el ambiente. Me había conseguido asear de manera sesuda muy veloz y el silencio se había adueñado por fin de aquella luminosa habitación. Sobre las librerías atestadas de libros, sobre las mesillas desordenadas con papeles y ejemplares de ediciones antiguas reinaba el caos y el sonido agobiante de la paz era el propicio para comenzar a escribir. Todo estaba preparado…

El ordenador abierto. El cursor parpadeante sobre la página en blanco. Los dos textos de Cortázar esperando sobre la mesa de trabajo e iluminados por la luz blanca del flexo y la luz natural azul que entraba por las dos ventanas...

 

  • Vamos allá… - me digo en voz baja a mí mismo y de pronto un sonido antipático interrumpe la calma de mi existencia otra vez…

 

¡Ring, ring, ring ring!

 

El teléfono suena en el comedor como presagio de mi mala fortuna.

Valoro la posibilidad de no responder brevemente y la curiosidad y la mala conciencia se apoderan de mi sensatez kafkiana y consiguen vencer en la guerra al dios Apolo que arde, entre cabreado y impertérrito en mi interior, preguntando: ¿qué será lo próximo que desasosiegue y perturbe mi tarea la próxima vez?.

 

  • No, aquí no necesitamos ningún seguro dental….
  • No, ya se lo he dicho dos veces estamos protegidos por un seguro del trabajo del cabeza de familia
  • ¿Que sí soy yo el titular?...,pues no, pero no está en estos momentos.
  • Ya le he dicho, señorita, que nuestro seguro también incluye la atención dental…y no, no nos interesa… muchas gracias.

 

Cuando por fin regreso a mi habitación y reanudo mi lectura sobre los dos textos de Cortázar; cuando por fin parece que logro sumergirme en el caos y ensoñación de un tipo que ha tenido un accidente con su bicicleta tras dar un paseo en una mañana de domingo cualquiera; cuando parece que todo cobra sentido… me interrumpen silenciosamente y con tristeza cuatro pares de ojos húmedos y tiernos que reclaman mi atención escudriñando mis entrañas.

Son los ojos de la conciencia, los ojos de la pena más honda que jamás hayáis podido encontrar. Los cuatro ojos más peludos y más bondadosos del mundo me hacen comprobar la hora en mi reloj de pared.

 

Allí estaba. No cabía lugar a dudas. Tras comprobar que todo era real mirando mi reloj de pulsera también, decidí que lo urgente en esos momentos era saciar el apetito voraz de las dos fieras que estaban a mi cargo.

 

La una del mediodía y otra mañana más echada a perder, ¡qué le vamos a hacer!.

 

Los dos basset Hound tricolor babosos, abrían su boca con felicidad tras el festín vespertino. No, no es una chifladura mía. Los dueños de mascotas sabemos interpretar una sonrisa en el rostro de nuestros pequeños amigos.

Por fin me enfrento a la página en blanco del editor de textos en mi ordenador y no sé qué diablos contaré esta tarde ya....

 

  • Buenaventura, ¡vámos a comer! – (se oye en la cocina la voz de mi padre replicar).

 

¡Maldito sea el calendario y la mala fortuna que quiso el destino regalarme el día de mi cumpleaños!…

Sí, me llamo Buenaventura, pero esto quizás poco importe en estos momentos y a estas alturas.

Apago la luz blanca del flexo de mi escritorio y allí se queda la eterna página de mi ordenador esperando sola a que alguien la llene de palabras.

Eso, a fin de cuentas, es escribir ficción ¿no?.

Me esperan para comer…

 

Encantado. Arcadio Buenaventura

Escrito por JOTA HERMÓGENES

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uf7pjcs0s7 12/04/2019 23:49

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