IF THE FATES ALLOW

Publicado en 12 Enero 2018

 Murió de sobredosis, sola. La niña de ojos redondos y mirada penetrante que siempre estará en algún lugar sobre el arcoíris, no aguantó más y un 22 de Julio de 1969 acabó con la agonía en la que se había convertido su vida. Detrás de la careta que aparentaban sus constantes nominaciones a los Oscar, detrás de una vida de lujo y de falsa felicidad solo había oscuridad y frío. La oscuridad y el frío que se esconden ocultos tras la adicción a las drogas.

 

 —”Si el destino lo permite, ¡esa es la frase que estaba buscando!”— pensó Hugh Martin mientras acariciaba las teclas blancas y negras de un viejo piano de pared. Había decidido encerrarse en la cabaña que sus padres tenían en el barrio de Southside en Birmingham, Alabama, aquella Navidad. La humedad del exterior empañaba los ventanales de la casa de madera. Afuera hacía frío, mucho frío y el viento cortaba la respiración y la cara de todo aquel que se atrevía a pasear por la pequeña ciudad. En compañía de Scott (su viejo mastín tibetano) del calor de la lumbre y del té caliente comenzó a dar vida a la que sería la canción principal del musical Meet me in St. Louis.

Haga usted memoria querido lector. Seguro que recuerda la escena. Una hermosa Judy Garland en el papel de Esther, la hija mayor, consuela a la pequeña Tootie diciéndole aquellas famosas frases: “No te preocupes, ¡oh Tootie!, volveremos a estar todos juntos si el destino lo permite (If the fates allow)”. Es la noche de navidad. Las dos muchachas ven llegar el último amanecer en St. Louis desde el umbral de la ventana de su cuarto y el sol ilumina sus rostros dorados como anhelo de una nueva esperanza. Atrás quedará su casa natal, atrás quedarán los eternos campos sembrados de cebada, las gigantes galletas redondas de trigo, la compota de calabaza de mamá, las noches bajo las estrellas, sus amigos, sus risas, sus vidas…delante les espera la gran ciudad de Nueva York con sus rascacielos y sus prisas,  su humo negro y su olor a emparedados y puestos de salchichas calientes y maíz hervido.

¿A que recuerda la escena?, ellas se encuentran desoladas porque su familia tiene que marcharse a Nueva York donde el padre ha encontrado un nuevo trabajo.

 

Era víspera de navidad y ahí me encontraba yo sentado en un banco de la calle Mathew de Liverpool, mapa desplegado en mano, con lo puesto y lo que cabía en una pequeña maleta de mano de piel marrón. Me habían dado las vacaciones de navidad en el instituto y aquel año decidí que en lugar de ir a la semana blanca con mis compañeros iba a viajar a Londres para divertirme y perfeccionar mi inglés.

Cuando llegué a la ciudad serían más o menos las siete de la mañana lo recuerdo bien porque aún estaban cerrados todos las bares y cafeterías y los camareros regaban el asfalto gris de la estrecha vía de edificios altos y rojos manguera en mano. Una pequeña furgoneta de reparto bajó uno de los bolardos automáticos para entregar el pedido de la mañana en la White Star y de un lado al otro del estrecho callejón colgaban carteles con letras negras y rojas que hacían alusión a los Beatles. Toda la calle en realidad era un escaparate gigante del grupo británico. Las cafeterías y las cervecerías estaban decoradas a pie de calle con grandes carteles de pizarra en donde podía leerse el menú y todos llevaban también dibujos que recordaban a los cuatro fabulosos.

Intenté hacerme entender en mi inglés malo de instituto para encontrar un hostal barato y limpio donde pasar la noche. Eran los últimos días de 1995 y todos los hoteles de Liverpool estaban ocupados. Por fin encontré una habitación libre en el Aachen, al otro lado de la ciudad. Empezó a nevar con fuerza y recuerdo que, mientras me dirigía andando al hostal, todas las calles y todas las tiendas que encontraba a mi paso estaban decoradas con motivos navideños. La juventud se dejaba contagiar del espíritu y lucían en sus cabellos diademas de reno o vestían jerseys de punto con motivos invernales tejidos a mano.

Tropecé con un desfile de papanoeles mientras recorría las calles. Años más tarde supe que llegada la noche próxima a la festividad de San Nicolás, tenía lugar allí la famosa maratón de papanoeles donde hombres y mujeres recorrían las calles de la ciudad disfrazados de esa manera.

Almorcé en la zona del Pier Head y pasé la tarde recorriendo el mercadillo instalado a los pies del St. Georges Hall, frente a la pista de patinaje. Así poco a poco pasaron las horas y se hizo de noche entretanto yo iba recorriendo el centro comercial Liverpool One mezclándome con la gente mientras admiraba la hermosa portada del barrio chino completamente iluminada con luces rojas, naranjas, violetas y azules.

Estaba recorriendo la plaza del centro a los pies del inmenso abeto gigante con luces de colorines en forma de corazón, cuando tropecé con la mirada de un ángel.

Allí estaba ella cantando con unas amigas en una de las cabinas carol-one que el restaurante The Alaskas Follies tenía instaladas al pie del inmenso árbol multicolor. El mundo, la noche, el correr y las risas del gentío que recorrían las calles se apagaron y desaparecieron de pronto. Nos quedamos solos su sonrisa y yo aquella fría noche de nochebuena en un Liverpool mágico e imaginariamente vacío para los dos.

 

         

—Mi padre era Mexicano por eso hablo bien español.—dijo Dakota— nos abandonó a mi madre y a mi cuando yo solo tenía 5 años—La muchacha hablaba mientras se arreglaba la media melena rojiza

   portando una horquilla metálica en la boca. Lucía dos trenzas recogidas a ambos extremos de la cabeza.

                     

 —¡Vaya, lo siento!

 —No, no lo sientas era un cerdo. Se la pasaba engañando a mi madre con otra desde hacía muchos años…por eso yo no quiero hombres en mi vida.

                     

 —¿No quieres hombres en tu vida porque tu padre engañaba a tu madre con otra mujer?. ¡Eso es una tontería!—.Yago dio un sorbo a su cerveza y mientras escuchaba a la chica echó un breve vistazo al pequeño escenario del Cavern. Aquella noche actuaba un dúo femenino austriaco que le encantaba. Era una de las                                     razones por las que había viajado hasta Londres con el poco dinero que había sido capaz de ahorrar.

                     

—Ya sabes, solo quiero divertirme y si surge algo pues surge—dijo la chica.

                     

—Eso está muy bien 

                     

—¿Puedo preguntarte una cosa?. ¿Qué clase de nombre es Yago?

                     

Yago es un diminutivo de Santiago

                     

—¿Diminutivo?—preguntó ella abriendo sus dos ojos azules con curiosidad.

                     

—Sí, ya sabes como un atajo para evitar decir todo el nombre.

                     

—¿Cómo de Dakota Kota o algo así?

                     

—Algo así. Mi abuelo materno se llamaba Santiago y mis padres me pusieron el mismo nombre…tan solo eso

                     

—Pues me gusta tu nombre.

                     

—Y a mi me gustas tú—.

 

De pronto un tipo con un sombrero rojo de papá Noel en la cabeza se subió al escenario del Cavern para anunciar la primera actuación de la noche. Se trataba del dúo femenino austriaco Monalisa Twins que comenzó a tocar una versión beat del villancico Have yourself a Merry Little Christmas en otro tiempo popularizado por Judy Garland. Los dos muchachos se abrazaron, se besaron y fueron felices a la luz tenue del Cavern envueltos en una atmósfera romántica de efecto bokeh color champagne.

 

Más tarde, de madrugada, recorrieron corriendo las calles de Liverpool embriagados de amor y de risas, haciéndose promesas y besándose con pasión en cada farola de aquella hermosa ciudad.

Subieron a la habitación 303 del Aachen y él comenzó a desabrochar lentamente la blusa tipo paloma que dejaba ver los pequeños hombros desnudos de la muchacha. Era una blusa mexicana a rayas azules y blancas que tenía unos bonitos bordados en forma de espigas en el cuello. Las espigas del bordado eran de colores violetas, naranjas y azules. —¡Eh! espera, no tan deprisa— dijo Dakota cogiendo las dos manos del chico apartándose de él violentamente—no quiero que pienses que soy una cualquiera—no te preocupes amor— contestó Yago mientras la besaba sus hermosos hombros—¡eh!, quieto, mírame a los ojos y prométemelo—. A Yago le pareció que detrás de aquella pose dura, detrás de aquella careta de chica mala se escondía una dulce e indefensa muñequita de apenas 1.65 de estatura. Le pareció la mujer más bonita del mundo, vaya si se lo pareció. Aceptó el compromiso, cómo no aceptarlo, y la chica se bajó los pantalones vaqueros azules que llevaban un dibujo de dos llamas de fuego del mismo color en ambas perneras. ¿Para qué narrar el resto de la historia?. Bastará con decir que es una bonita historia de amor verdadero, de entrega mutua y de juramentos a la luz de las estrellas.

 

Durante aquellas noches en las que estuvieron juntos Yago soñó con Dakota; con el sabor a limón amargo de sus húmedos, carnosos y sensuales labios recorriendo su piel; soñó con su aliento tibio y dulce; soñó con su naricilla chata y redonda; con sus dientes ultra blancos perfectamente alineados gracias a los correctores que había llevado en la infancia; soñó con el susurro de su voz diciéndole hermosas palabras al oido mientras sus dos cuerpos se entregaban con pasión a la oscuridad de la habitación 303 del Aaechen; soñó con su risa; soñó con sus pequeñas y redondas orejas; con el delicioso olor a rosas de su cuello corto y sus pequeñas manos con uñas descuidadas de esmalte comido; soñó, en definitiva, con el gracioso acento mexicano de niña americana licenciada en la High School Donovans de San Francisco.

 

Aquella mañana desperté a media mañana desorientado y confundido por el sueño. Alargué mi mano en busca de Dakota al otro lado de la cama y allí no había nadie. Con mis ojos intentando acostumbrarse a la oscuridad de la habitación, comprobé inclinándome un poco si la luz del baño estaba encendida. La puerta estaba abierta y la luz apagada. Me levanté de la cama y tambaleándome subí las persianas. Allí no había nadie. Estaba el minibar; estaban los restos de mi ropa esparcidos por toda la habitación; la mesilla con el pequeño jarrón con flores secas; el reloj de pared con el dibujo de coca cola con letras blancas sobre fondo rojo… incluso quedaba el olor a su perfume impregnado en las sábanas y en mi memoria. Eché un vistazo y comprobé que sobre el pequeño escritorio de madera de pino con silla a juego había una nota de Dakota con letra redonda casi infantil aún que decía: Durante estos días dejé de ser libre amor y fui solamente tuya. Recuérdame siempre porque yo jamás podré olvidarte. Con amor, Kota.

 

 

Quedé desolado. El resto de mis años, el paso por la universidad fue un constante recuerdo de Dakota en mi memoria. Nada de novias, nada ni siquiera del mínimo deseo de conocer a nadie, incluso me hice un hombre solitario, desconfiado y malhumorado. Y diréis, ¿no hiciste nada por encontrar a Dakota?… ¡oh claro!, ¡claro que la busqué!. Desde Madrid busqué información sobre ella en institutos, en escuelas de San Francisco y nada. Parecía como si se la hubiera tragado la tierra. Luego, en 2006, con la aparición de las redes sociales, intenté ponerme en contacto con gente cercana a ella y tan solo fui capaz de lograr una dirección: una casita pequeña en un pueblecito cerca de Grand Rapids, Michigan. Ahorré las dos pagas de verano que había conseguido trabajando como ingeniero para una empresa del sector informático y dos años después conseguí viajar hasta EE.UU. y me planté en Michigan. La dirección me llevó hasta una urbanización, hasta uno de esos típicos adosados americanos de madera con garaje y porche con jardín a la entrada, ya sabéis. Allí me abrió una mujer de mediana edad con el pelo rojizo, con algunas canas ya y los ojos azules redondos y vivos que me recordaron a Dakota. Me contó que hacía dos años que su hija se había marchado después de una fuerte discusión que habían mantenido y que jamás había vuelto a saber nada de ella. Dijo: —”¿quién eres tú para juzgar mi vida?, tú que has sido incapaz de organizar la tuya. Luego, más tarde, una noche de madrugada llamaron de un hospital de una ciudad cercana a Las Vegas preguntándome si era su madre y diciéndome que ella estaba muy mal. Me contaron que la habían encontrado tirada en la calle inconsciente por una sobredosis de heroína. Al día siguiente cuando llegué a Las Vegas ya había muerto. No pude ni despedirme de ella”— contó la madre.

El desconsuelo de aquella mujer abrazada a mi, un desconocido, mientras estábamos sentados en aquel salón con aquel mueble con estanterías plagadas de retratos de Dakota de bebé, Dakota de niña, Dakota con sus bonitos ojos azules y su sonrisa aún llena de vida me dejó frío, sin poder reaccionar. Aún no recuerdo casi ni qué le contesté tan solo recuerdo que, cuando abandonaba la casa, por aquel pequeño jardín que daba a la entrada de su bonita casa de madera, ella interrumpió mi marcha y me Dijo: —”Mi hija hablaba mucho de ti ¿sabes?. Cuando volvió de su intercambio de estudios en Liverpool hablaba mucho de un chico español que había conocido allí. Supongo que serías tú ¿no?. Un día revolviendo entre las cosas que quedaron en su cuarto encontré una carta que iba dirigida a ti. No leí lo que ponía tan solo vi tu nombre en el encabezado y no quise leerla. Pasado un tiempo al no ser capaz de tirar ni deshacerme de sus cosas, repartí muchas de ellas entre sus amigos y amigas y creo que la carta iba entre los recuerdos de mi hija que le entregué a Sally, su mejor amiga del colegio. Lo último que supe es que  Sally vivía aún en San Francisco”—.

Dándole las gracias me despedí de aquella mujer impactado por todo lo que me había contado. Había viajado hasta Michigan con la ilusión de reencontrarme con Dakota. Había imaginado hasta cómo sería nuestro reencuentro y hasta había fantaseado con cómo sería su aspecto ahora, diez años después. Había pensado incluso en si estaría casada….pero jamás había pensado en que estaría muerta. Ahora mientras dejaba mis maletas en la zona de embarque y recorría los pasillos acristalados de baldosas amarillas brillantes que sonaban al paso del gentío en el International Airport Gerald R. Ford, con el torrente de recuerdos de aquella linda muchacha en mi cabeza, intentaba asimilar toda la información que me había dado su madre de golpe y tomé asiento en un solitario asiento de madera en la gran sala de pasajeros. Quedé absorto en mis pensamientos y ni siquiera escuché la voz que resonaba por aquel inmenso hall anunciando los diferentes vuelos. Ahora en mi cabeza surgía la duda: ¿Debería localizar a Sally, la amiga de Dakota del Colegio?. ¿Habría ella leído la carta que me escribió Dakota?. Quizá ni siquiera llegó a leerla. Quizás simplemente la tiró porque a ella de poco podía servirle lo que dijeran ese montón de palabras dirigidas a un chico español del que apenas ella se acordaba.

Envuelto en aquella duda viajé las casi quince horas -con escala larga en Chicago- que duró el viaje de vuelta a Madrid, pensando en sí debería buscar a Sally o no, y recordando aquello que decía el villancico que le cantaba la hermosa July Garland a su pequeña hermana Tootie. El mismo que versionaron Monalisa Twins para Dakota y para mí aquella nevada navidad doce años atrás en el Cavern de Liverpool. Aquel cuya letra decía algo más o menos así:

 

If the Fates allow, Si el destino lo permite                

Escrito por JOTA HERMÓGENES CHAMIZO

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